A los pies de la Guadalupana

Héctor Javier Álvarez Romero, corresponsal

 

Por fin llegó uno de los momentos más esperados de la primera visita apostólica; llegó el instante en que S. S. Francisco celebrara su primera misa en tierra azteca y que se encontrara en la intimidad con la Reina de México; en un lugar único e irrepetible, en un lugar especial para todos los mexicanos y ¿por qué no? para todo el pueblo americano. Un lugar santo, en el que la madre de nuestro Salvador decidió mostrarse al más pequeño de sus hijos, a un joven indígena, que con un corazón noble se convirtió en «el embajador, muy digno de confianza» y en el mensajero de fe para todo un pueblo que tenía sus creencias en distintos dioses; y que después de este gran milagro, permitirían la entrada a Dios en sus corazones.   

Luego de un recorrido por algunas de las avenidas de la Ciudad de México, el Papa Francisco, llegó a la Basílica de Guadalupe, en donde minutos antes de que comenzara la Celebración Eucarística, el Santo Padre se encontró con miles de peregrinos que muy ansiosos esperaban su llegada y que sin duda alguna le entregaron su corazón sin importar el tiempo de espera y el arduo recorrido que realizaron para encontrarse con su pastor.

Porras, gritos y cantos, se escuchaban en todo el interior de la basílica y en la explanada guadalupana los bailes y brincos no se hicieron esperar, pues el representante de Cristo estaba por arribar.

Una vez que Francisco llegará a la plaza mariana no cesaban de escucharse al unísono “¡Te queremos Papa, te queremos!”, “¡Francisco, hermano, ya eres mexicano!”, “¡Francisco, amigo, eres bienvenido!”, “¡Ésta es la juventud del Papa!”, “¡Queremos la bendición!”; mismos gestos que generaron que el Papa pudiese olvidar cualquier síntoma de cansancio físico tras un viaje extenso; ¿y cómo no hacerlo? Si los mexicanos se le entregaban como sólo nosotros lo sabemos hacer.

Ya en procesión el coro de la Basílica entonó “La Guadalupana”, misma que hizo que a todos los ahí presentes se les enchinara la piel, tras escuchar, aquellas notas que pudiesen considerarse como el segundo himno de esta nación mexicana.

Tras un “En nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” todos los asistentes entendieron que sería el inicio de una “renovación” de fe, pues el Papa de la misericordia daría un mensaje a toda una nación que está dispuesta a ser cada vez mejor.

En su mensaje el Santo Padre señaló: “El encuentro con el ángel a María no la detuvo, pues no se sintió privilegiada, ni que tenía que apartarse de la vida de los suyos. Al contrario, reavivó y puso en movimiento una actitud por la que María es y será recordada siempre como la mujer del «sí», un sí de entrega a Dios…”

De igual manera señaló “… Así como acompañó la gestación de Isabel, ha acompañado y acompañado la gestación de esta bendita tierra mexicana. Así como se hizo presente al pequeño Juanito, de esa misma manera se sigue haciendo presente a todos nosotros; especialmente a aquellos que como él siente «que no valían nada» (cf. Nican Mopohua, 55)”.

También indicó que “En ese amanecer, Juanito experimenta en su propia vida lo que es la esperanza, lo que es la misericordia de Dios. Él es el elegido para supervisar, cuidar, custodiar e impulsar la construcción de este Santuario. En repetidas ocasiones le dijo a la Virgen que él no era la persona adecuada, al contrario, si quería llevar adelante esa obra tenía que elegir a otros… María, empecinada –con el empecinamiento que nace del corazón misericordioso del Padre- le dice: no, que él sería su embajador”.

 Señaló a todos que “… El Santuario de Dios es la vida de sus hijos, de todos y en todas sus condiciones, especialmente de los jóvenes sin futuro expuesto a un sinfín de situaciones dolorosas, riesgosas, y la de los ancianos sin reconocimiento, olvidados en tantos rincones. El Santuario de Dios son nuestras familias que necesitan de los mínimos necesarios para poder construirse y levantarse. El santuario de Dios es el rostro de tantos que salen a nuestros caminos…”

Estas palabras llevaron a un momento de reflexión a todos los presentes mirando a la mujer que fue el Santuario vivo de nuestro Salvador.

Antes de impartir la bendición, el Santo Padre otorgó una corona conmemorativa a la Emperatriz de América, una muestra sencilla del amor que Francisco le tiene a la “Morenita del Tepeyac”.

De ahí llegó un momento muy esperado para el Papa Francisco, quien pidió estar a solas con la madre de los mexicanos, orar ante ella y postrarse a sus pies; además de encomendar el Santo año de la Misericordia. Momento en el cual los feligreses acompañaron al Santo Padre, en este momento de intimidad, con una oración, una oración que permite llegar a nuestro Señor.

Fotografías por Héctor Álvarez

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